(Perderse para encontrarse)

Hoy he salido a caminar cuando el día ya se despedía.
No buscaba nada en especial.
Quizá solo silencio.
Vivo parte de la semana en Alcover, un pueblo al pie de las Muntanyes de Prades. Tiene pequeños valles que se pliegan como si protegieran algo íntimo, bosques frondosos que en esta época guardan un verde más sobrio, y dos ríos —el Glorieta y el Micanyo— que siguen su curso con esa discreción que solo tienen las cosas que no necesitan demostrar nada.
Hoy el cielo estaba completamente despejado. La luna creciente parecía dibujada con lápiz fino sobre el azul profundo que quedaba del día. No iluminaba demasiado, pero tampoco hacía falta. Hay luces que no necesitan imponerse para estar presentes.
Me he perdido por la parte vieja del pueblo…
Calles estrechas…
Piedra antigua…
Farolas de luz amarilla amortiguada.
Esa luz que no invade, que simplemente acompaña.
A esa hora casi no se oían pasos. Solo el eco leve de los míos. Y algo en mi interior comenzó a acompasarse con ese ritmo. No iba hacia ningún sitio concreto. No tenía destino. Solo el placer sencillo de caminar cuando el mundo empieza a recogerse.

He llegado casi sin darme cuenta a una fuente, ya en las afueras. El agua caía con un sonido constante, humilde, sin espectáculo. Alrededor, unos chopos sin hojas se recortaban contra la luz menguante del anochecer. Sus ramas desnudas parecían dibujos trazados en el aire.
Y allí me detuve.
No para hacer nada…
No para pensar nada…
Solo para estar.
I. La escena
Hay algo profundamente humano en las calles antiguas al caer la noche. Es como si guardaran confidencias. Como si cada piedra hubiese escuchado historias que ahora descansan en silencio.
La luna creciente no estaba completa. Y, sin embargo, era suficiente. Me vino una idea sencilla: quizá no necesitamos estar completos para iluminar. Quizá basta con ser lo que somos en cada momento.
La fuente seguía su curso. El agua no se preguntaba si debía caer más fuerte o más suave. Caía. Y eso bastaba.
Los chopos, sin hojas, no parecían tristes. Parecían honestos. Mostraban su estructura sin adornos. Tal vez en primavera volverán a vestirse. Pero ahora estaban así. Y también estaba bien.
Mientras los miraba, algo dentro de mí también empezó a despojarse de hojas innecesarias.

II. El estado interno
No sabría explicar en qué momento ocurrió.
Simplemente dejé de ser alguien caminando por un pueblo y pasé a sentirme parte de todo lo que me rodeaba. No era una idea filosófica. No era una conclusión mental. Era una sensación suave de unidad.
Por unos minutos no fui psicólogo…
No fui coach…
No fui alguien con historia, proyectos o responsabilidades…
Fui presencia.
Hay instantes en los que el “yo” se vuelve transparente. No desaparece, pero deja de ocupar tanto espacio. Y en ese hueco aparece algo más amplio. Algo que no necesita nombre.
Sentí una gran paz interior. No euforia. No entusiasmo. Paz.
Una paz que no venía de que todo estuviera resuelto…
Ni de que la vida fuese perfecta…
Ni de que no hubiese incertidumbres…
Venía, simplemente, de no estar luchando contra nada.
Y entonces comprendí algo que quizás ya sabía, pero que esta noche se hizo experiencia: a veces perderse es la forma más directa de encontrarse.
No saber hacia dónde vas…
No buscar respuestas…
No exigir resultados…
Caminar.
III. La confidencia
Quiero confesarte algo.
No todos mis días son así.
También conozco la inquietud, la impaciencia, el ruido mental que insiste en resolverlo todo. A veces, incluso cuando sé que no todo necesita solución inmediata.
Trabajo acompañando a otras personas en sus procesos. Y eso puede dar la impresión de que uno vive permanentemente centrado, equilibrado, sereno.
No es así.
También me pierdo…
También dudo…
También me distraigo de lo esencial…
Quizá por eso estos momentos importan tanto.
Porque no son un estado permanente. Son visitas. Y cuando llegan, uno aprende a no forzarlas, a no retenerlas, a no convertirlas en objetivo. Solo a habitarlas mientras están.
Esta noche, frente a esa fuente y esos chopos desnudos, sentí que estaba en casa dentro de mí. Y esa sensación no dependía de nada extraordinario. No había logros que celebrar. No había metas cumplidas. No había aplausos.
Solo silencio.

Me pregunto cuándo fue la última vez que tú te sentiste así…
En casa dentro de ti…
Sin necesidad de demostrar nada…
Sin urgencia por cambiar lo que es…
Vivimos en una cultura que nos empuja a avanzar constantemente. A mejorar. A optimizar. A no perder el tiempo. Y, sin embargo, a veces el mayor acto de crecimiento es detenerse y dejar de buscar.
Perderse por calles estrechas…
Dejar que la noche caiga sin prisa…
Escuchar el agua caer…
Quizá la plenitud no sea una cima que conquistar. Quizá sea esto: un instante en el que no necesitamos nada más de lo que ya está sucediendo.
Mientras escribo estas líneas, el pueblo duerme. Las luces siguen siendo amarillas y discretas. La luna creciente continúa su camino silencioso hacia la plenitud que aún no es.
Y pienso que también nosotros estamos siempre en proceso. Nunca completos del todo. Nunca acabados. Y, aun así, suficientes.
Perderse para encontrarse no significa abandonar la dirección. Significa confiar en que, cuando dejamos de forzar el rumbo, algo más profundo sabe orientarnos.
Esta noche una fuente, unos chopos y un cielo despejado me lo han recordado.
No necesitamos ir muy lejos.
A veces basta con caminar cuando el mundo se aquieta… y permitir que el alma también lo haga.
Descubre más desde El rincón de los inquietos
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.